Cuando era niña, me resultaba tan fácil escribir. Tenía el don de la palabra, o al menos, eso creía.
Pero creer es poder, dicen.
Podía, entonces, escribir. Podía dominar al mundo. Podía burlarme de todo y de todos. Creía en la importancia de cada palabra que ingenuamente escribía.
Crecí. Y en mí, la poesía se volvió amarga.
Después, se tornó blanca, verdosa.
Ahora, le están saliendo pelos.